
Cierta vez, hace ya algunos años, mientras estudiaba la facultad, se me antojó ir de compras y adquirir una chamarra negra de cuero.
Después de buscar e investigar, decidí llegar a la tienda de un señor que anunciaba chamarras. Al llegar a su territorio noté que efectivamente tenía un buen y variado surtido.
Después de observar 2 o 3, me decidí por una. Una vez cerrada la transacción se decidió a mostrarme su colección. Me mostró algunas chamarras viejitas, usadas, que hasta extraño se me hizo que las tuviera a la venta.
"Es que son clásicas, de colección. Son de piloto aviador americano, de la 2a. guerra mundial", expresó.
Ah, caray, ahi si, pensé... esto sí suena a puro cuento. Pero dejé continuar al emocionado patrón, que me contó que cuando los americanos entraron a la 2a. guerra, una parte importante de su aviación se fué por el pacífico hasta llegar a las cercanías de Japón.
Desde ahi, en las montones de islitas que hay alrededor, en los mares de China y Filipinas, se montaron los campamentos y se destacaban los aviones para los ataques. Pero pronto notaron que muchos de sus pilotos se perdían y caian al mar sin combustible o eran presa del enemigo en aterrizajes forzosos o ataques sorpresa.
Los pilotos viajaban con mapas de papel que al mojarse en el mar o humedecerse por el mojado clima selvático, se desbarataban apenas los extendían.
Para remediar esto, a alguien se le ocurrió imprimir los mapas en los forros de las chamarras de los pilotos. Esto aseguraba que el piloto siempre lo tuviera a la mano y no se desbaratara por el agua. Asi, una vez extraviado podría extenderlo y orientarse para cumplir su misión o hasta para salvar la vida.
Es así pues que entonces el señor me mostró varias chamarras viejitas y cascadas con los mapas impresos en el forro, además todavia tenían las insignias y etiquetas del ejército norteamericano y su certificado de autenticidad. Sobra decir que estaban super carísimas, definitivamente eran grandes piezas de colección.
No pude dejar de emocionarme ante un apasionado coleccionista, que sabe transmitir la magia de su emoción a sus clientes.
Al fin, salí de ahi con una chamarra negra, un nuevo aprendizaje y una nueva anécdota de guerra.
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