martes, 23 de octubre de 2007

Una anécdota de Guerra







Cierta vez, hace ya algunos años, mientras estudiaba la facultad, se me antojó ir de compras y adquirir una chamarra negra de cuero.

Después de buscar e investigar, decidí llegar a la tienda de un señor que anunciaba chamarras. Al llegar a su territorio noté que efectivamente tenía un buen y variado surtido.

Después de observar 2 o 3, me decidí por una. Una vez cerrada la transacción se decidió a mostrarme su colección. Me mostró algunas chamarras viejitas, usadas, que hasta extraño se me hizo que las tuviera a la venta.

"Es que son clásicas, de colección. Son de piloto aviador americano, de la 2a. guerra mundial", expresó.

Ah, caray, ahi si, pensé... esto sí suena a puro cuento. Pero dejé continuar al emocionado patrón, que me contó que cuando los americanos entraron a la 2a. guerra, una parte importante de su aviación se fué por el pacífico hasta llegar a las cercanías de Japón.

Desde ahi, en las montones de islitas que hay alrededor, en los mares de China y Filipinas, se montaron los campamentos y se destacaban los aviones para los ataques. Pero pronto notaron que muchos de sus pilotos se perdían y caian al mar sin combustible o eran presa del enemigo en aterrizajes forzosos o ataques sorpresa.

Los pilotos viajaban con mapas de papel que al mojarse en el mar o humedecerse por el mojado clima selvático, se desbarataban apenas los extendían.

Para remediar esto, a alguien se le ocurrió imprimir los mapas en los forros de las chamarras de los pilotos. Esto aseguraba que el piloto siempre lo tuviera a la mano y no se desbaratara por el agua. Asi, una vez extraviado podría extenderlo y orientarse para cumplir su misión o hasta para salvar la vida.

Es así pues que entonces el señor me mostró varias chamarras viejitas y cascadas con los mapas impresos en el forro, además todavia tenían las insignias y etiquetas del ejército norteamericano y su certificado de autenticidad. Sobra decir que estaban super carísimas, definitivamente eran grandes piezas de colección.

No pude dejar de emocionarme ante un apasionado coleccionista, que sabe transmitir la magia de su emoción a sus clientes.

Al fin, salí de ahi con una chamarra negra, un nuevo aprendizaje y una nueva anécdota de guerra.



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martes, 2 de octubre de 2007

Fauchard y la historia de una tortura







¿Alguna vez te has preguntado cómo ha evolucionado la odontología?

Las enfermedades de los dientes son tan antiguas como la humanidad misma. De hecho, se considera que la caries es, después del resfriado, el padecimiento más común en la humanidad.

Veamos algo de historia. Aún la misma reina Isabel I de Inglaterra no se escapó al dolor de muelas. Los diplomáticos alemanes consideraban que era común en los ingleses tener los dientes negros al parecer por su abundante consumo de azúcar. No estaban errados. En diciembre de 1578 una muela hizo ver su suerte a la reina. Contra todas las recomendaciones de sus médicos, no quiso extraerse la pieza por miedo al dolor. Incluso el obispo de Londres se tiró en el piso y se hizo sacar uno delante de ella para darle ánimos.

Por esas fechas, la gente que se quería sacar una muela iba con el barbero o incluso el herrero. Pero en cuanto llegó el azúcar, llegaron las caries y con ello surgió la necesidad de expertos saca muelas. Como todo, al principio nadie compartía sus conocimientos por miedo a perder su mercado. El avance fué lento y doloroso.

La influencia del pomposo estilo francés de Luis XIV influyó bastante para modernizar la incipiente odontología, pues no cualquiera podía atender al rey y su corte en cuestiones dentales, y claro, se le exigía la etiqueta de entonces. Es por ello que entra en acción nuestro héroe: Pierre Fauchard.

Fauchard era un médico francés que aprendió a operar en la Marina. Fué el primero en adoptar el nombre de Cirujano Dentista. Rompió con el esquema de guardar los secretos médicos sobre los dientes y escribió un libro donde detalló todos los procedimientos que había desarrollado, por lo que se le llamó el Padre de la Odontología.

Fué el primero en sentar al paciente en un sillón, pues antes, se posicionaba al paciente en el suelo. Además diseñó 5 tipos de herramientas para extraer piezas dentales. Pero no nomás eso, también inventó un torno (fresadora), desarrolló métodos para rellenar cavidades, aprendió a tapar el conducto de la raíz y a hacer implantes. Las dentaduras que fabricaba eran talladas en marfil y tenían un resorte que mantenía la parte superior en su sitio.

Fauchard logró que se reconociera a la Odontología como una profesión. Su influencia se expandió por todo el mundo conocido entonces.

Un breve pero honesto reconocimiento a un hombre que hizo algo por aliviar una parte del dolor de la humanidad.


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